Monday, May 19, 2008

La vegetación y los suelos

Los bosques y la vegetación en general juegan un importante papel en la captación y retención de las aguas de lluvia y del deshielo primaveral en las montañas. La vegetación intercepta las gotas de lluvia, reduciendo su velocidad y la energía cinética con que éstas llegan al suelo y, por lo tanto, su poder erosivo.

El suelo de los bosques intactos se encuentra muy bien defendido frente a la erosión, por la vegetación arbustiva y herbácea que crece bajo los árboles y por la gruesa capa de hojas muertas y restos orgánicos que van acumulándose lentamente sobre el suelo. Esta capa de residuos acoge a una legión de pequeños animales y de organismos microscópicos que para alimentarse descomponen y degradan la materia orgánica, dando origen al humus: un complejo orgánico-mineral que forma parte de las rutas de reciclaje que devuelven las materias orgánicas al estado iónico, a partir del cual serán utilizadas otra vez por los vegetales.

Pues bien, este humus es el que confiere al suelo mineral su textura esponjosa y su gran capacidad de retención de agua, además de convertirle en una estructura viva y habitable para las plantas.

Como podemos ver, los bosques y la vegetación en buen estado y el humus de los suelos forestales contribuyen a captar y retener el agua de lluvia y de la fusión de las nieves, permitiendo que se infiltre lentamente hacia los inmensos embalses subterráneos
-que son las capas freáticas y los acuíferos- y dejando que otra parte fluya de forma pausada hacia las cuencas fluviales.




Las montañas y el clima

Aunque las montañas cubren sólo una pequeña porción de la superficie terrestre, tienen una influencia capital sobre la climatología, tanto a escala local como continental. Afectan la circulación de los vientos e influyen sobre el régimen de lluvias.

La dirección del viento -determinada en principio por la rotación de la tierra- sufre grandes variaciones al encontrar el obstáculo de las montañas a su paso, generándose vientos y climas locales y determinando la temperatura y las precipitaciones de grandes áreas terrestres. Este mecanismo de influencia se basa en el hecho de que los grandes vientos del globo, cargados de humedad por contacto con los océanos, resultan interceptados y desecados por las montañas, que se comportan como gigantescos condensadores de la humedad. Es el origen del efecto “foehn”, que recibió este nombre germánico por haberse descubierto en las regiones alpinas de Baviera y el Tirol.

A escala más reducida, se generan las brisas de valle y de ladera, los vientos de montaña y las tormentas, los fenómenos de inversión térmica y los mares de nubes. Al relieve también hay que atribuir la brusquedad y la violencia de los cambios de tiempo en la montaña, su tendencia a la inestabilidad durante el verano y su frecuente régimen anticiclónico invernal.


¿Qué les está pasando a las montañas?


No es fácil hacer un diagnóstico general de los problemas de las montañas del mundo, porque son tan diversos como ellas mismas. Influyen no sólo factores geoecológicos como la altitud o la latitud, sino también los problemas generados por las personas que allí habitan y los conflictos derivados de injerencias ajenas a estas personas (minería, por ejemplo).

Cuando los ambientes de montaña se degradan, generalmente tardan mucho más tiempo en recuperarse que otros tipos de entorno, incluso, nunca se recuperan. En esto tienen bastante responsabilidad los factores del frío, la altitud y la brevedad del período vegetativo como reductores de la actividad biológica, que es la que poco a poco va cicatrizando las heridas de la naturaleza.

Pero probablemente, el mayor impedimento para la recuperación de los daños infligidos a las montañas es el que opone la famosa pendiente del terreno. Y vamos a ver la razón: la gran mayoría de las intervenciones humanas en las montañas producen directa o indirectamente fenómenos erosivos. Y en un terreno con pendiente, erosión equivale a desestructuración, arrastre y pérdida de las capas que configuran el suelo, empezando por la fina y valiosa capa fértil que permite el asentamiento de la vida vegetal. Esta pérdida de suelo es irreversible, porque resulta prácticamente inviable devolver a las alturas el suelo perdido. Y sin suelo, no hay reforestación posible.


Repercusión ambiental de algunos usos económicos en las montañas

Actividades agrarias


Respecto a la agricultura en zonas montañosas, los conflictos ambientales surgen del abandono, por una parte, y de la intensificación por otra. El abandono de los cultivos en bancales de ladera implica un deterioro progresivo de los muros que sujetan la tierra de labor, propiciando la consecuente erosión y pérdida de materiales del suelo.

Por otro lado, la tendencia a intensificar y a mejorar la rentabilidad de los cultivos en los valles montañosos ha supuesto la pérdida de muchos de los valiosos y gratos paisajes “en mosaico” que reflejaban un aprovechamiento eficiente e integrado de múltiples pequeñas parcelas con amplias fajas de setos protectores, de tal modo que el conjunto mantenía además de su funcionalidad una elevada diversidad biológica.


Cuando se desmonta totalmente la vegetación para sembrar, se produce un efecto similar al de la extracción de leña de manera destructiva (no conservadora). El desmonte en sí no tiene un efecto nocivo, pero el dejar el suelo descubierto en lugares con pendientes pronunciadas tiene importantes consecuencias desde el punto de vista de la pérdida de suelos, debido al arrastre producido por las lluvias.

Por otro lado, sabemos que el proceso de recuperar la fisonomía original de lugares donde ha sido removida la vegetación puede ser muy lento y difícil, al punto de que en algunas localidades no puede esperarse regeneración en un futuro previsible. Este proceso depende de que muchos factores actúen simultáneamente, entre ellos, que quede suficiente suelo como para que las plantas leñosas puedan volver a establecerse; que exista suficiente llegada de semillas de estas especies; que no haya incendios, poco ganado (que mata las plántulas) y que existan las llamadas plantas nodrizas.

Éstas son remanentes de la vegetación anterior o algunas especies pioneras, como el espino, que proveen a las plántulas de otras especies de sombra y protección de los herbívoros introducidos. Sabemos que sin la presencia de esas plantas nodrizas puede producirse una mortalidad de plántulas del 100% y, por lo tanto, bloquearse completamente las posibilidades de regeneración del paisaje.


Actividades ganaderas


Aún hoy, algunos pastores siguen “gestionando con rozas a fuego” muchas sierras y laderas de nuestro país para crear nuevos pastos y, de paso, dando cuenta de un buen porcentaje de los incendios forestales que asolan estas sufridas tierras.


Con frecuencia, pastan animales excesivamente numerosos o de especies inadecuadas en lugares que no soportan bien tanta presión y que se degradan o erosionan, en tanto que otros lugares que precisan pastoreo para su mantenimiento van poco a poco cerrándose y cubriéndose de escasas especies de matorrales leñosos que compiten con los pastos.


La vegetación tiene además un papel importante al servir de alimento a animales herbívoros. Desde antes de la llegada del ser humano, ya había herbívoros en la zona montañosa central del país, como por ejemplo el guanaco (Lama guanicoe), la vizcacha (Lagidium viscacia), el degú (Octodon degus), además de muchas especies de insectos. Estos herbívoros originales o nativos formaban parte de un régimen de relaciones complejo, en el que ellos no eliminaban toda la vegetación. Este régimen contemplaba, entre otras cosas, plantas poco comestibles para estos herbívoros y animales depredadores de herbívoros, como por ejemplo, el puma, (Felix concolor).

Con la llegada del hombre europeo se produjeron extinciones o exterminaciones locales de algunas de estas especies (por ejemplo, guanacos) y se introdujeron otras como el conejo (Oryctolagus cuniculus) y la cabra (Capra hircus). En un momento se pensó que estos herbívoros introducidos no causarían mayores problemas, ya que sustituirían a los herbívoros nativos, o bien, aprovecharían recursos no utilizados por la fauna nativa.

Pero según se ha podido constatar, esto no ha ocurrido. Una razón para demostrarlo es que las densidades promedio de algunos de estos nuevos herbívoros (conejos y cabras, por ejemplo) son mucho mayores que las que habrían tenido los herbívoros nativos similares o comparables. Esto debido a la protección que el hombre le da a su ganado y a la conducta de los depredadores frente a estos nuevos herbívoros. La segunda razón para que las introducciones no hayan resultado tan inocuas como se pensó es que hay algunas conductas inesperadamente distintas en los herbívoros nativos e introducidos.

Así por ejemplo, las especies de plantas que resultaban más comidas por los herbívoros nativos no parecen ser las que comen con más avidez las cabras, de modo que las plantas que tradicionalmente compensaban la pequeña carga de los herbívoros nativos, ahora no son las usadas preferentemente.

Lo más significativo es que las plantas que antes fueron poco ramoneadas (comidas selectivamente), ahora reciben un gran ataque por parte del ganado doméstico. Como es dable imaginar, en lugares donde hay muchas cabras o una larga explotación por parte de ellas, se ha producido una dramática reducción de la cubierta vegetal y las pocas especies de arbustos que quedan han resultado ser las más tóxicas (por ejemplo, el palqui, Cestrum parqui), o bien los cactus (entre ellos el quisco, Trichocereus chilensis) que debido a su manto de espinas no pueden ser consumidos por las cabras.

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