Monday, May 19, 2008

El problema de la altitud

¿Por qué un problema?... Altitud significa frío, pero también menos oxígeno, menor humedad, menor protección frente a las radiaciones solares, mayor velocidad del viento, pronunciadas diferencias de temperatura entre el día y la noche, al sol y a la sombra; y además, escasez de alimento para los animales.

En realidad, casi todos los problemas anteriores guardan relación con el descenso de la presión atmosférica a medida que aumenta la altitud. A menor presión atmosférica, tanto más “diluidos” se encuentran los distintos gases que componen el aire, aún cuando siguen guardando entre sí una relación volumétrica constante, de modo que el aire se va haciendo cada vez menos denso.

En las montañas, los rayos solares llegan tras un corto recorrido a través de una capa atmosférica delgada (cada vez más delgada a más altitud) y con una densidad tan escasa que el aire apenas se calienta. Durante el día, la superficie del suelo y las rocas se calientan mucho porque la ligera capa de aire deja pasar fácilmente los rayos solares. Pero por la noche, el aire “enrarecido” (menor concentración de oxígeno) permite una pérdida por irradiación, igualmente rápida, del calor de las rocas, por lo que las variaciones de temperatura entre la noche y el día, y también al sol y a la sombra son muy bruscas e intensas.

Como ejemplo, algunas mediciones han registrado diferencias de 45° C en el mismo momento al sol y a la sombra, a una altitud de 2.500 m, y de 75° C a 4.000 m.

El aire poco denso apenas retiene vapor de agua, de modo que la humedad relativa del aire es baja y favorece la deshidratación de tegumentos, cutículas y mucosas de los seres vivos. El frío agrava aún más esta circunstancia porque el agua en estado líquido es prácticamente inexistente en las zonas altas de montaña: está totalmente congelada, lo cual produce un efecto de “sequía fisiológica”. Y el viento -que alcanza grandes velocidades en las montañas debido al menor roce con la superficie terrestre- contribuye a empeorar la situación, al incrementar el efecto de evaporación y provocar temperaturas más bajas todavía.

Por otra parte, la ausencia de humedad hace que el aire sea más transparente en altura que a nivel del mar, lo que permite el paso de mayor cantidad de radiación ultravioleta que en las zonas bajas. Por ese motivo, usamos cremas y lentes.

En nuestras incursiones por la montaña es más que probable que hayamos experimentado los efectos de todos estos problemas e incomodidades, típicos de la altitud y en general del medio montañoso. Así pues, estamos en condiciones de confirmar -y no debemos olvidarlo- que los seres vivos tenemos que superar bastantes dificultades para permanecer en nuestro querido mundo de las cumbres...

Características físicas de nuestras montañas


La Cordillera de los Andes tiene una longitud de 10.000 kilómetros entre el Mar Caribe y el Cabo de Hornos. En su extremo norte, forma un gran arco que se inicia en Venezuela y continúa a través de Colombia, Ecuador y Perú, terminando en Bolivia, donde alcanza su mayor amplitud: 600 kilómetros de ancho. Desde aquí se alarga hacia el sur hasta el Estrecho de Magallanes, donde se inclina al este a través de Tierra del Fuego, para sumergirse en el mar en el Cabo de Hornos. Algunos científicos estiman que el Continente Antártico es una prolongación de esta misma cordillera, por lo cual se le ha llamado “Antartandes”.

La cordillera chilena presenta características muy diferentes a través de los aproximadamente 4.200 km de longitud que abarca entre la Línea de la Concordia y el Cabo de Hornos.
Dos cordilleras recorren el país de norte a sur; ellas son la Cordillera de los Andes y la de la Costa, que dan a nuestro país una configuración única en el mundo. La primera, de perfiles angulosos que rematan en cumbres agudas y a veces ligeramente redondeadas, con 2.000 volcanes, de los cuales unos 50 acusan actividad o la han tenido.


Hasta el río Maipo existen pocos pasos cordilleranos o fronterizos, los que se encuentran a más de 4.000 m de altitud; hacia el sur, la cordillera va disminuyendo en altura y presenta una mayor cantidad de éstos, pero su tránsito se interrumpe en invierno por las abundantes nevazones.
La Cordillera de la Costa, más antigua y de menor elevación que la de los Andes, se alza junto a las grandes fosas del Océano Pacífico.


Ha sufrido los efectos de la erosión, la que al gastar sus relieves, la ha convertido en una sucesión de lomas redondeadas, interrumpidas por uno que otro monte escarpado, perdiendo continuidad y altura a medida que avanza hacia el sur, hasta desaparecer en Chiloé.



Especies existentes en nuestras montañas

Ante tanta hostilidad del medio físico, las criaturas se especializan, desarrollan complejos mecanismos de adaptación y estrategias de supervivencia frente al frío, las radiaciones, el viento, la desecación, la brevedad del período vegetativo, incluso frente a la falta de alimento, los aludes, el sustrato movedizo y la escasez de suelo... Podría decirse que a veces estos animales y plantas viven contra todo pronóstico. Y, a pesar de todo, despliegan una increíble diversidad, con una gama de estrategias tan sutiles que, en muchas ocasiones, sólo les permiten vivir en las precisas condiciones para las que han sido concebidas.

Montañas y comunidades humanas


Del mismo modo que lo han sido para animales y plantas, las montañas y sus valles altos también han constituido núcleos de aislamiento para un gran número de comunidades humanas que, empujadas a los duros entornos montañosos por motivos muy diversos, han desarrollado a lo largo de los siglos, estilos de vida particulares y exclusivos, tan distintos entre sí como son las montañas en que viven. Buena parte de esas culturas tiene en común un elaborado manejo del medio montañoso como base de sus actividades agropecuarias de subsistencia. De ellas, el pastoreo ha sido la forma más utilizada para la explotación de los terrenos altos.

En la mayor parte de las montañas, la historia de ocupación humana es tan antigua que ha modelado el paisaje. “En las grandes alturas de los Andes... siempre se encuentran testimonios evidentes de la existencia humana: restos de leña y carbón, utensilios de cobre, puntas de flechas y hasta pequeñas esculturas que atestiguan la predilección de los indios prehistóricos por la ascensión de las cumbres, indudablemente con algún objeto útil, con algún propósito de conveniencia pública” (Francisco José de San Román, 1896).




Las montañas y el agua

Las montañas son gigantescos depósitos elevados de agua, de importancia vital para el consumo humano, para la agricultura y para la producción de energía eléctrica. Al considerar la importancia de las montañas en el aprovisionamiento de agua para las poblaciones que están en los valles es cuando se aprecia más palpablemente la vulnerabilidad de los terrenos montañosos frente a la degradación y la gravedad que esta degradación provoca valle abajo.

La altitud de las montañas determina en ellas un abundante régimen de precipitaciones, que con frecuencia tienen forma de nieve en montañas de altura media y que de hecho son exclusivamente en forma de nieve a partir de cierto límite de altura, variable en función de la latitud. Las aguas procedentes de los glaciares así como las de lluvia y fusión de la nieve, dan origen a arroyos y torrentes que, canalizados por las cuencas hidrológicas, alimentan a los grandes ríos que recorren las llanuras.

Los glaciares son inmensos volúmenes de hielo sometidos a una continua dinámica de formación y de fusión. La nieve que cae en las zonas altas de las montañas alimenta las cabeceras de los glaciares, donde se transforma y compacta progresivamente bajo la influencia combinada de la presión y de fusiones parciales alternadas con sucesivos deshielos. El hielo de glaciar tiene una plasticidad característica que lo hace fluir lentamente a favor de la gravedad como un verdadero río de hielo que, en virtud de la enorme inercia térmica de su masa helada, desciende largas distancias antes de disgregarse y fundirse, dando origen al torrente glaciar.

Los glaciares son agua para el futuro y, en este sentido, hay que recalcar un hecho obvio pero importante: una vez más, como una especie de ley de las montañas, todo lo que sucede arriba repercute abajo. El más notorio daño ambiental al que están sujetos los glaciares (si excluimos su general regresión debida a factores de la climatología actual) es la contaminación, en sus diversas formas, provocada por las actividades humanas.

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