Thursday, October 18, 2007

LA METEOROLOGIA EN CHILE


La meteorología en Quinta Normal.

Después de 24 años de estar la DIRECCION METEOROLOGICA DE CHILE, DMC, alejada de su lugar de origen en la Quinta Normal, permaneciendo durante ese período en el Aeropuerto Arturo Merino, regreso a fines del 2005 al viejo edificio que la albergara por tantos años.Por motivos de construcción de la segunda pista en el AP.AMB, se fue dificultando el acceso a la DMC haciendo muy engorroso que los usuarios pudieran concurrir a requerir información y por otra parte los espacios disponibles para la creciente actividad aérea en AMB, hicieron necesario trasladarla a la Quinta Normal.
El Servicio Meteorológico Nacional dependiente de la Dirección General de Aeronáutica Civil se preocupa del medio ambiente atmosférico, orientando su aplicación hacia el logro de un mayor bienestar humano. Debemos recordar que los comienzos de la meteorología en Chile se remontan a Don Pedro de Valdivia, quien, en 1545, en una carta a su compañero de armas Hernando Pizarro, define el clima de Chile con similares características a las que tiene hoy.
Sin embargo, fueron los antiguos navegantes que exploraron las costas y canales de nuestro territorio los precursores de la meteorología en nuestro país. Como las condiciones de seguridad de su navegación dependían de los fenómenos atmosféricos, en sus libros y bitácoras dejaron observaciones visuales prolijas y precisas de las zonas que exploraban. En algunos casos estas informaciones meteorológicas son verdaderos estudios climáticos.En el siglo XVIII la preocupación por los viajes y el conocimiento de la naturaleza, atrajeron hasta las costas de Chile a hombres de ciencia de distintas nacionalidades.
Entre ellos se destacan el capitán español Antonio de Córdoba con dos expediciones sucesivas al Estrecho de Magallanes en 1785 y 1788. La exploración practicada del Canal principal del estrecho representó un valioso aporte para la geografía, la hidrografía y la climatología de esos lugares. El piloto José de Moraleda, entre 1787 y 1788, realizó estudios del Archipiélago de Chiloé y la tierra continental; como resultado de sus investigaciones levantó una prolija carta geográfica de toda la región.Entre los años 1830 y 1861 el adelanto en el conocimiento de las ciencias físicas y naturales se debió mancomunadamente al interés de los gobiernos y a la presencia en Chile de algunos distinguidos especialistas extranjeros que contaron con el apoyo necesario para sus estudios.

En octubre de 1849 llegó a Santiago una misión norteamericana encabezada por J.M. Gillis, astrónomo agregado al Observatorio de Washington, y el gobierno le prestó su concurso para que se instalara en el Cerro Santa Lucía . Los investigadores permanecieron hasta 1852 y practicaron valiosas observaciones astronómicas y meteorológicas.
Al retirarse, el Estado adquirió los edificios, instrumental y libros de la misión, y sobre esta base dio nacimiento el 17 de agosto de 1852 al Observatorio Astronómico Nacional, y comienza en Santiago a medirse el agua caída EN MILÍMETROS CON PLUVIÓMETRO.El año 1866, a mediados de junio Don Luís Zegers llevó un pluviómetro al Observatorio Astronómico de la Quinta Normal, o sea al sitio mismo en que hasta hoy durante más de cien años, sin interrupciones; continúa observando el agua caída, la Dirección Meteorológica de Chile.
El Servicio Meteorológico, nace bajo la tuición del Observatorio Astronómico Nacional.Las observaciones meteorológicas se iniciaban en forma metódica y a horas determinadas en el mes de noviembre de 1849. Estas son casi completas y se prolongan en ese lugar hasta septiembre de 1857, fecha en que el observatorio se traslado a Quinta Normal, edificio que hasta el mes de junio de 1981 ocupa la Dirección Meteorológica de Chile, para posteriormente trasladarse al interior del Recinto del Aeropuerto Internacional Comodoro Arturo Merino Benítez, manteniéndose siempre en la Quinta Normal la estación meteorológica.En el año 1870, el Observatorio de Santiago es incrementado por un “Psicrómetro “, que entra en servicio en el mes de junio y un “Termómetro de Máxima “ que comienza a utilizarse en el mes de octubre.
El Psicrómetro procede de los talleres de Salleron, en París y el Termómetro de Máxima es Negretti y Zambra.Se publicó en 1870 el primer “Anuario de la Oficina Central Meteorológica” correspondiente a las observaciones del año 1869. A partir de esta fecha han continuado publicándose anuarios con datos climatológicos cada vez más completos. Referente a estos primeros anuarios es interesante destacar que dichos volúmenes fueron enviados a la Exposición de Geografía de París en 1875 siendo distinguidos con un premio.
A su vez la Sociedad Meteorológica de Austria, refiriéndose a estos anuarios declaró en sus Anuarios que “los anuarios Meteorológicos de Chile son el trabajo más prolijo y completo que hasta la fecha haya publicado un Estado americano”.Una de las fechas más relevantes, la constituye el 26 de marzo de 1884, en la cual mediante el Decreto Supremo Nº 714 se establece el servicio de Observaciones Meteorológicas simultáneas, donde se indica a los Observatorios existentes, que deben efectuar observaciones en el mismo instante físico y enviarlas a un punto central de estudios por medio del telégrafo.
Este hito marca el nacimiento de lo que sería posteriormente la Dirección Meteorológica de Chile.El año 1929 el Servicio envía sus estudios publicados a la Exposición Iberoamericana de Sevilla (1929-1930), y obtiene “GRAN PREMIO“ por sus publicaciones y servicios Meteorológicos .



Por Decreto Supremo del 31 de diciembre de 1910, se incorporaron al Servicio Meteorológico, la Oficina de Pronósticos Marítimos, que operaba en Valparaíso, y la oficina de Previsión del Tiempo dependiente del Ministerio de Industrias y Obras Públicas, dando así origen al Instituto Central Meteorológico y Geofísico.
Este Instituto dependía del Ministerio de Educación y también en alguna medida, del Ministerio de Guerra y Marina.En el año 1928, durante la Presidencia del General don Carlos Ibáñez del Campo, se ordena por Decreto Supremo la unificación de todos los Servicios Meteorológicos en un solo Organismo Oficial y rector de la meteorología con el nombre de OFICINA METEOROLOGICA DE CHILE, lo cual permitió unificar los medios humanos y materiales además de estandarizar los procedimientos y normas, la instrucción meteorológica y emplear el supuesto con el máximo de eficiencia y economía, evitando el derroche humano y de costoso instrumental meteorológico.
Esta Oficina estaba bajo la tuición del Ministerio de Marina.Con motivo de la expedición al Territorio Antártico Chileno en el año 1947, se fundó la estación meteorológica de la Base “Arturo Prat”. Posteriormente, en el año 1948, se estableció una estación meteorológica en la Base Antártica General Bernardo O”Higgins”.En el año 1949, la Oficina Meteorológica de Chile pasó a depender definitivamente de la Fuerza Aérea de Chile (Dirección de Tránsito Aéreo) y siendo el Jefe hasta esa fecha el Capitán de Navío de la Armada Nacional, don Jorge Fernández.Ampliando cada vez más su red en el Territorio Chileno Antártico, el Servicio estableció las estaciones meteorológicas de las Bases Presidente González Videla (año 1951), Presidente Aguirre Cerda (año 1955), y finalmente el Centro Meteorológico Antártico Presidente Freí (año1969), este último funcionando en la Base Aérea Teniente Rodolfo Marsh Martín.
La Fuerza Aérea envía parte de su personal de Meteorología a estudiar a diferentes Universidades del extranjero, especialmente Estados Unidos, los cuales a su regreso se desempeñaban como profesores de los cursos de Meteorólogos que anualmente dicta esta Institución, hoy en día a través de la Escuela Técnica Aeronáutica.En 1957, se instalaron tres estaciones de Radiosonda: Antofagasta, Quintero y Puerto Montt. Con esto Chile comienza a aplicar los análisis de la alta atmósfera en la previsión del tiempo.También en el año 1957, la Fuerza Aérea de Chile, a través de la Dirección de Instrucción efectúa el primer curso regular de Meteorólogos que se hace en Chile.
La dirección técnica la tuvo el Doctor en Meteorología don Albert Miller, quien a su vez era el Jefe del Pacto Alianza para el Progreso. A este curso ingresaron 15 alumnos, egresando al término de él 13.El interés y las exigencias científicas y tecnológicas cada vez más crecientes en el país movió a la “Oficina Meteorológica de Chile” dependiente de la Fuerza Aérea de Chile a la elaboración y publicación con gran esfuerzo, de los Anuarios Meteorológicos , desde el año 1943, los cuales se encontraban interrumpidos, al margen del cumplimiento de su misión.
En 1973, por Ley N 17.931, publicada en el Diario Oficial N 28.546 del 08.MAY. la Oficina Meteorológica de Chile pasa a denominarse DIRECCION METEOROLOGICA DE CHILE , dependiente de la Dirección General de Aeronáutica Civil, y a través de este Servicio, el Estado dirige, controla y mantiene el Servicio Meteorológico dentro del Territorio Nacional, con el propósito de satisfacer las necesidades de información y previsión meteorológica de todas las actividades nacionales.Dentro de la misma Ley Nº 17.931 se crea el Banco Nacional de Datos Meteorológicos, dependiente de la DMC, cuya función será la recopilación y difusión de toda la información meteorológica nacional.
Actualmente la orientación del Servicio está dirigida a enfocar las necesidades de los usuarios, considerando para esto la gestión de modernización impulsada por el Estado de Chile, manteniendo su responsabilidad como Servicio Público y desarrollando a su vez las iniciativas que permitan optimizar la comercialización de productos y servicios meteorológicos y climatológicos.
Especial relevancia ha tenido el fortalecimiento tecnológico de equipos, sistemas y procesos desarrollados, con el propósito de mejorar la calidad de las observaciones meteorológicas, pronósticos y productos meteorológicos.Sobre los proyectos para el presente decenio y más detalle de los servicios prestados no se indicarán, por cuanto el propósito es hacer notar el camino recorrido en estos 121 años del Servicio Meteorológico.
Chile en este bicentenario habrá caminado 200 años y el Servicio Meteorológico lo habrá acompañado por 126. ¿Y mi sueño?Bueno que en un justo reconocimiento a la historia y esfuerzo de la meteorología en Chile, el Estado de Chile a través del Ministerio que corresponda reconstruyo su antiguo edificio de Quinta Normal y lo transformo en un moderna instalación, manteniendo la fachada de la centenaria edificación.

LA METEOROLOGIA Y SU HISTORIA


Un poco de historia... La era precientífica:

La meteorología, como ciencia es relativamente joven si se la compara con las matemáticas y la astronomía, pero como parte de los intereses humanos se remonta a tiempos inmemoriales. Probablemente nunca se sabrá cuándo la humanidad empezó a formular reglas para predecir el tiempo. La forma de vida prehistórica, recolectora, cazadora, dependía de los caprichos del tiempo, es así como la gente fue desarrollando poco a poco una sensibilidad casi intuitiva para las condiciones atmosféricas. Nosotros, los hombres modernos, a quienes nuestro ambiente urbano nos separa de la naturaleza hemos perdido mucha de esa "intuición".

La antigua sabiduría sobre cuestiones de la naturaleza y concerniente a la regularidad de los ciclos celestes, base de los primeros calendarios, incluía los cambios cíclicos en la Tierra y llegó a correlacionarse con el estudio de los fenómenos naturales. Por ejemplo, en Mesopotamia el ciclo estacional estaba definido por observaciones astronómicas y meteorológicas. De igual forma, en Egipto, donde la prosperidad material ha dependido siempre de las crecidas y bajadas del Nilo, la aparición periódica de estrellas en determinadas constelaciones, como el nacimiento de sirio, la Canícula, indicaba las fases cíclicas de inundación y sequía. En Egipto se hizo uno de los primeros y más famosos pronósticos a largo plazo cuando según el libro del Génesis, José interpretó un sueño del faraón como la llegada de siete años de hambre que serían seguidos por siete años de prosperidad: una profecía que muy bien podría haberse basado en el ciclo de 14 años descubierto por los sacerdotes-astrónomos egipcios para las crecidas del Nilo.

Pero el conocimiento de las fluctuaciones del tiempo más a corto plazo, así como periodos extemporáneos de frío, calor, lluvia o sequía se hizo necesario. Uno de los primeros avances de la meteorología fue comprender que ciertos tipos de tiempo solían seguir a la aparición de determinados fenómenos. Este primer "indicio" de meteorología parece haberse desarrollado de manera independiente en diversas partes del mundo antiguo: los valles del Eúfrates y el Tigris, el valle del Nilo, del Indo, del río Amarillo y en las costas Mediterráneas.
De esta forma, del conjunto de presagios, proverbios y dichos populares se fueron extrayendo gradualmente una serie de signos que se consideraban indicativos de acontecimientos futuros: algunos basados en la mitología y superstición, otros resumían conceptos sobre el clima fundamentado en cuidadosas observaciones del fenómeno natural (aspecto del cielo, vientos, acontecimientos como la migración de aves o la foliación de los árboles, entre otros). Los poemas épicos y los textos filosóficos de las civilizaciones antiguas son ricos en dichos populares acerca del tiempo. Los poemas épicos babilónicos datados en el 2000 a de C. contienen explicaciones gráficas de la creación y el diluvio, que evocan el poder de los dioses sobre los fenómenos atmosféricos. La epopeya del Gigalmesh incluye referencias a una violenta tormenta y descripciones de vientos huracanados, lluvia torrencial y las desastrosas inundaciones fechadas unos 1000 años antes que la versión bíblica.

Muchos siglos antes de la era cristiana, los babilonios, guardaban sus documentos en forma de tablilla de arcilla. Los astrólogos babilonios y caldeos eran los encargados de predecir fenómenos terrestres y astronómicos. Sus pronósticos se basaban en observaciones del movimiento planetario, fenómenos ópticos y aspecto del cielo, entre otros. Utilizaban en particular los halos lunar y solar e incluso distinguían dos tipos diferentes, el pequeño de 22 grados (tarbasu) y el mayor de 46 grados (supuru).

Hace más de 3000 años los chinos, asentados a lo largo de las fértiles márgenes del río Amarillo, eran capaces de vaticinar la llegada de las estaciones mediante las estrellas. Hacia el siglo III a. de C. habían establecido un calendario agrícola o ciclo meteorológico basado en los acontecimientos fenológicos y meteorológicos, dividiendo el año en 24 "festividades".

En general los pueblos antiguos consideraban los fenómenos naturales como manifestaciones del poder divino. Los sacerdotes rezaban ritos para obtener la benevolencia de los dioses y en épocas de malas cosechas y hambre, se les ofrecían sacrificios para aplacar su cólera. Entre las entidades divinas que se creían controlaban el mundo físico se encontraban: los dioses védicos de los indios, el Morduk de los babilonios, Osiris de de los egipcios, el Yavé de los hebreos y muchas de las deidades del Olimpo, como Zeus y Poseidón. Cualquier intento de explicar los fenómenos atmosféricos por causas naturales estaba condenado y provocaba enfrentamientos entre la religión y la ciencia, que continuaron durante muchos siglos.

En el momento del surgimiento de la antigua civilización griega, el conocimiento del tiempo era una curiosa mezcla de mitología y astrología junto con una considerable dosis de conocimiento empírico basado en observaciones correctas de los fenómenos naturales. Sus primeros poemas, como La Odisea y La Iliada, que datan del siglo IX a. de C. todavía evidenciaban residuos de la actitud primitiva - Zeus estaría a cargo del aire y Poseidón del mar -, pero gradualmente se empezó a abordar el tema de forma más racional, primando la observación práctica.

En tiempos de Aristóteles, cuya vida transcurrió entre 348 y 322 a. de C. ya había arraigado con fuerza una aproximación científica a la meteorología. En su tratado Meteorológica se discutían objetivamente la mayoría de los elementos meteorológicos. Sin embargo, en aquel entonces igual que hoy, la gente estaba más interesada en conocer el tiempo que iba a hacer, que en entender el cómo y el por qué.

El interés por la meteorología continuó con los romanos, quienes se encargaron de compilar enciclopedias de ciencias naturales. Entre ellas, las más conocidas son la Historia Naturalis, de Plinio (recopilación de unos dos mil trabajos de autores griegos y romanos) y el Tetrabiblos, de Tolomeo (provisto de un resumen de los signos meteorológicos que se convirtió en la autoridad básica para la predicción del tiempo en la Edad Media).

Astrometeorología:

La decadencia y caída del Imperio Romano después del año 400 no ofrecía un clima propicio para el conocimiento. Aunque el estudio de la meteorología en Europa nunca cesó del todo, durante los primeros siglos de la era cristiana no apareció ninguna idea nueva. Hasta después de la muerte de Mahoma (632 d.C.), el conocimiento grecorromano, persa e indio se recopiló, fusionó y enriqueció gracias al trabajo de filósofos y científicos musulmanes, los cuales hicieron del Islam el centro de la civilización entre los siglos VIII y IX.
El enfoque que los árabes le dieron a la meteorología, basado en observaciones astronómicas, fomentó la creencia tradicional de que el tiempo podía predecirse mediante el estudio del movimiento de los cuerpos celestes. Al margen de algunas ideas disidentes propuestas por individuos como Roger Bacón (1214-1294), que defendía el enfoque experimental de la ciencia basado en observaciones reales del fenómeno natural, prevalecía la teoría aristotélica. Los eruditos medievales la consideraban verdad indiscutible, completa e infalible: llegó a incorporarse en la doctrina de la Iglesia romana. Esto originó un absoluto bloqueo a todo progreso posterior en meteorología.
Los libros que pretendían predecir el destino del hombre, del tiempo y otros asuntos mediante el movimiento de las estrellas y los planetas fueron recibidos con gran entusiasmo, considerándolos prometedores. Una de las primeras profecías fue "La carta de Toledo" de 1185. Un astrónomo llamado Johannes de Toledo predijo en septiembre del siguiente año que todos los planetas estarían en conjunción, lo que además de originar un viento traicionero que destruiría casi todos los edificios, traería también hambre y muchos desastres. Sus coetáneos estaban tan asustados que tomaron todo tipo de precauciones e incluso construyeron habitáculos subterráneos para protegerse. La predicción resultó ser completamente falsa, sin embargo los dos siglos siguientes se publicaron e hicieron otras "cartas toledanas" con presagios y calamidades similares.

En la Edad Media existía un gran interés por la astrometeorología. Johannes Kepler, Tycho Brahe y otras figuras de la historia de la astrología publicaron predicciones meteorológicas. Sin embargo no todos los eruditos medievales estaban convencidos de la validez de los pronósticos del tiempo basados en la astrología. Nicole Oresme (1323-1382) tenía poco respeto por sus contemporáneos astrometeorólogos y creía que el pronóstico del tiempo llegaría a ser posible sólo cuando se hubieran descubierto sus reglas exactas (aún hoy no existen tales reglas exactas).

Durante el periodo comprendido entre los siglos XIII y XVII puede comprobarse una modificación gradual de las anotaciones que hacían estos astrometeorólogos, haciéndose menos frecuentes las observaciones astrológicas y más continuas y metódicas las observaciones meteorológicas. El principal corpus de meteorología medieval lo constituye la obra del meteorólogo inglés, William Merle, quien tiene en su haber la distinción de ser el autor del primer registro meteorológico sistemático conocido (desde enero de 1337 a enero de 1344). Escribió además un amplio tratado sobre la predicción del tiempo utilizando una serie de fuentes, yendo desde Aristóteles, Virgilio, Plinio y Tolomeo hasta la antigua ciencia popular inglesa sobre el tiempo.

Después del auge de la industria de la imprenta durante la primera mitad del siglo XV se pusieron de moda panfletos conocidos como "prognostica", la mayoría de ellos escritos en latín y provistos de una predicción del tiempo para el año preparada según las reglas de la astrología.
En el siglo XVI alrededor de 600 pronosticadores diferentes dieron a conocer 3000 publicaciones. Una emisión de este tipo, fue el pronóstico hecho por Justus Stöjjer en 1499 para el mes de febrero de 1524. Aseguraba lluvias anormalmente copiosas para ese mes. Tales vaticinios causaron consternación general. Muchas personas buscaron refugio en lo alto de las colinas y como era de esperarse llegado el día del acontecimiento fatal nada ocurrió. También aparecieron trabajos de carácter más general que contenían reglas para predecir el tiempo, supuestamente aplicables a cualquier momento. El más famoso compendio fue Die Bauern-Praktik publicado en Alemania en 1508 y posteriormente traducido a los principales idiomas de Europa, denominándose la versión inglesa The Husbandman's practice (El trabajo del agricultor).

En los siglos XVIII y XIX se hicieron muy populares los almanaques de bolsillo encuadernados en rústica. El método adoptado para escribir estos pronósticos era el de evitar las afirmaciones tajantes en especial en lo que se refiere al momento y el lugar de los fenómenos, dejando hacer el resto al comportamiento siempre variable del tiempo atmosférico de las latitudes templadas. En América Benjamín Franklin escribía y publicaba El almanaque del pobre Richard, donde vaticinó el tiempo durante 25 años desde 1732. Vendió 10.000 copias anuales. En alguna ocasión un profeta del tiempo que se haya aventurado a hacer una predicción en un almanaque haya dado casualmente en el blanco. El ejemplo clásico es el pronóstico de Patrick Murphy para el 20 de enero de 1838. En su Almanaque del tiempo para ese año, publicado en Londres, anotó "los grados más bajos de la temperatura invernal". Asombrosamente ese día no sólo fue el día más frío del año, sino que se lo calificó como el día más frío del siglo en Londres. En Doncaster el río Don se congeló.

Desde tiempos remotos se ha creído que la Luna ejercía un control sobre el comportamiento de la atmósfera. En Francia Jean Baptiste Lamarck publicó su Anuario Meteorológico desde 1800 a 1811 basándose en datos lunares; en Alemania Rudolf Falb fue conocido como el profeta lunar. Sus datos se incluían en el Daily Mail y eran recibidos con vehemencia por el público, aunque duramente criticados por los meteorólogos oficiales contemporáneos.

Hacia finales del siglo XIX los profetas astrológicos se aventuraron en especulaciones todavía más insólitas. Se decía que la atmósfera estaba a merced de fuerzas ejercidas por ciertos cuerpos celestes tales como una luna invisible que giraría alrededor de la Tierra, o una serie de anillos semejantes a los de Saturno o hasta un escurridizo planeta llamado Vulcano, dentro de la órbita de Mercurio.

Nacimiento de la meteorología científica:

La revolución científica, uno de cuyos precursores fue Leonardo Da Vinci, liberó a la ciencia de sus represiones medievales. Se inauguró en 1543 con la publicación de la teoría heliocéntrica del sistema solar de Nicolás Copérnico. Poco a poco comenzó a cuestionarse el concepto de la predicción del tiempo basada en el movimiento de los cuerpos celestes y se fue aceptando que el ciclo anual de las estaciones era controlado por el movimiento de la tierra alrededor del sol. Las observaciones meteorológicas instrumentales comenzaron en el siglo XVII cuando, en el año 1600, Galileo Galilei inventó el termómetro y su discípulo Evangelista Torricelli, hizo lo propio con el barómetro en 1643. Los nuevos instrumentos meteorológicos, que parecían un excelente medio para predecir el tiempo según los postulados del método científico defendidos en los años 1620 y 1630 por una nueva clase de filósofos (como Francis Bacón y René Descartes), despertaron extraordinario interés.

La gente se daba cuenta de que el valor de las observaciones meteorológicas se incrementaría bastante si fuese posible comparar resultados simultáneos realizados en distintas partes del mundo. Las primeras observaciones en equipo de las que hay registro se llevaron a cabo en París y Clermont, en Francia, así como en Estocolmo, en Suecia entre 1649 y 1651. El primer intento de establecer una red internacional de estaciones de observación meteorológica tuvo lugar en 1653 bajo el patrocinio del gran duque Fernando II de Toscana, fundador de la Academia del Cimento cuatro años después.
Se construyeron instrumentos normalizados y se enviaron a observadores de Florencia, Pisa, Bolonia, Vallombrosa, Curtigliano, Milán y Parma; posteriormente llegarían a localidades tan alejadas de Italia como París, Varsovia e Insbruck. Se estableció un procedimiento uniforme para realizar las observaciones incluyendo la presión, la temperatura, la humedad, la dirección del viento y el estado del cielo. Los registros se enviaban a la Academia para ser comparados. Esta actividad cesó con el cierre de la Academia en 1667, pero sirvió de guía a los esfuerzos posteriores llevados a cabo en los siglos XVIII y XIX.

Antes de la introducción del mapa del tiempo, el barómetro era el instrumento decisivo en el pronóstico del tiempo. El primer pronóstico del que hay documentos basados en el comportamiento del barómetro lo realizó Otto von Guericke, de Magdeburg (Prusia), en 1660, quien predijo una gran tormenta a causa de una caída de presión rápida e intensa en su barómetro dos horas antes del fenómeno.

En 1723, James Jurin, secretario de la Royal Society de Londres, hizo pública una invitación para que se le enviasen anualmente a la Sociedad las observaciones meteorológicas. Acompañaban a esta solicitud instrucciones sobre el modo de realizar y registrar esas observaciones. Durante un tiempo la acogida fue gratificante; se recibieron respuestas desde Inglaterra y el continente, así como procedentes de Norteamérica y de la India. Estudiando estos registros, los científicos ingleses William Derham y Georges Hadley cayeron en la cuenta de que los cambios de presión no tenían lugar siempre en diferentes lugares a la vez.
Posteriormente, el físico J. de Borda constató que los cambios de presión se propagaban con una dirección y velocidad íntimamente relacionadas a la velocidad del viento. Se daban así los primeros pasos hacia el reconocimiento del concepto de sistemas móviles de presión. A principios de 1730 una expedición dirigida por Vitus Bering estableció una red de estaciones en Siberia y, en 1759, Mikhail Lomonoscov propuso establecer otra red en Rusia.

El 21 de octubre de 1743 Benjamín Franklin quedó perplejo. Una tormenta afectó a Filadelfia y ocultó un eclipse lunar pronosticado para las nueve de la noche. Su hermano le había comentado que en la costa este de América, en Boston, 640 Km al nordeste, el eclipse se había visto bien y que la borrasca no había empezado sino hacia casi las 11 de la noche. Después de recoger el material de la información dada en los periódicos acerca del acontecimiento, llegó a la conclusión de que la tormenta, la lluvia y los vientos asociados con dirección nordeste se habían desplazado desde Georgia a Nueva Inglaterra, realizando por lo tanto el primer estudio sinóptico meteorológico en América.

Bajo la dirección del médico alemán Hermann Boerhaave, la profesión médica llegó a interesarse por la posibilidad de establecer una relación entre el tiempo y las enfermedades. En 1778 se fundó en Francia bajo el patrocinio de Luís XVI la Real Sociedad de Medicina para mantener correspondencia detallada y regular sobre asuntos médicos y meteorológicos con los doctores del reino. El meteorólogo francés Louis Cotte se comprometió activamente en la creación y mantenimiento de una red extensa de estaciones de observación para la Sociedad.

Antoine Lavoisier, impresionado por los experimentos realizados por Borda a principios de siglo con observaciones simultáneas, presionó para establecer una red de estaciones cubriendo toda Europa e incluso el planeta entero. Lavoisier pensaba que con esta información sería posible pronosticar el tiempo con uno o dos días de anticipación. Defendió también que un boletín publicado cada mañana sería de gran valor para la Sociedad. Sin embargo hubo que esperar el desarrollo de las comunicaciones que tuvo lugar más tarde (siglos XIX y XX) para que la transmisión de la información fuera rápida y los datos fueran analizados de manera significativa.
Durante el siglo XVIII, Mannheim, la capital del Palatinado del Rin, en Alemania, se convirtió en el centro de las artes y las ciencias bajo su elector Karl Theodor, quien en 1780 funda la Societas Meteorologica Palatina, con Johan Hemmer como director. Los corresponsales realizaban tres observaciones diarias y remitían a Mannheim para compararlos y publicarlos en el Ephemerides anual de la Sociedad. La red fue extendiéndose ampliamente, pasando de un núcleo de una docena de estaciones en 1781 a más de 50 observatorios durante el siguiente lustro. En sus publicaciones Mannheim utilizaba un sistema de símbolos cuyo origen se remontaba a los primeros proyectos de Pieter Van Musschenbroek y Johann Lambert y de los que aún hoy quedan vestigios en el código meteorológico sinóptico internacional.

Además de las redes de estaciones en el siglo XVIII hubo un gran número de individuos que realizaban y registraban sus propias observaciones.
Otra valiosa fuente de datos meteorológicos históricos de los siglos XVII y XVIII procede de los diarios de navegación.

Meteorología náutica:
La ciencia del tiempo náutico, basada en el comportamiento del mar, los vientos y el estado del cielo ha sido transmitida por una serie innumerable de marineros desconocidos desde la primera utilización de velas en las embarcaciones de altura (2000 a. de C.)
Puesto que estaban en juego las vidas humanas, constituye una rama del conocimiento empírico bastante fiable.

En Trabajos y Días, escrito por Hesíodo en el año 800 a. de C. se da información sobre el mejor momento para navegar, además de formular advertencias acerca de las crueles intervenciones de los dioses del tiempo. Más tarde, en los viajes más prolongados, se padecieron las diferencias geográficas de los vientos y el tiempo; los fenicios, los vikingos y los árabes, empezaron a reconocer y a sistematizar el conocimiento adquirido sobre los modelos meteorológicos a gran escala y los sistemas de vientos como el monzón y el océano Indico.

Durante los siglos XV y XVI la búsqueda de rutas marinas a la India y Catay por parte de los primeros exploradores como Cristóbal Colón, Vasco da Gama y Fernando de Magallanes, así como los largos viajes de descubrimiento realizados por navegantes como Edmon Halley y James Cook dieron como resultado un conocimiento mucho más amplio de la distribución geográfica del viento, de los modelos de circulación de las corrientes marinas y de las condiciones meteorológicas imperantes en la superficie de la Tierra. Edmond Halley asumió el mando del barco Paramour desde 1698 a 1700 durante un viaje especial al Atlántico Sur (primero con propósitos puramente científicos).
Como los barómetros ordinarios no servían para el mar por el movimiento del barco, Halley llevó un barómetro marino, una combinación de termómetro de aire y alcohol, ideado por Robert Hooke. Este barómetro tenía inscripciones tales como "mucha lluvia", "variable", "muy seco", con determinadas alturas de la columna de mercurio, que después de todo sólo mostraban lo experimentado en Londres y que era poco fiable en otras partes del mundo. Los marinos no confiaron en este instrumento para la predicción del tiempo.
No fue sino hasta el siglo XIX cuando se encontró un método satisfactorio para llevar a cabo las observaciones de presión. En 1850 el almirante Robert Fitzroy, como jefe del Departamento Meteorológico del Ministerio de Comercio, autorizó la omisión de las inscripciones en los barómetros marinos. Se dio cuenta de que era más importante anotar los cambios de altura en la columna de mercurio durante un periodo de tiempo conocido que anotar únicamente la altura real.


Meteorología sinóptica:

Los meteorólogos del período 1830-1840 no se sentían satisfechos, porque seguían sin ser capaces de pronosticar el tiempo con un día o menos de adelanto. Seguía sin haber medios para reunir las observaciones con rapidez como para poder producir un cuadro sinóptico de la situación meteorológica en un momento determinado y analizarlo después. H.W. Brandes, profesor de matemáticas y física en la Universidad de Breslau (Polonia) fue el primero en desarrollar la idea de una cartografía meteorológica sinóptica mediante la comparación de las observaciones meteorológicas realizadas simultáneamente a lo largo de una amplia zona.

Pero fue gracias a un importante avance tecnológico que se potenciarían esos adelantos teóricos. En 1832, Samuel Morse concibió la idea del telégrafo y hacia 1840 había hecho posible su utilización como sistema aprovechable para comunicaciones rápidas. Fue desde entonces que se hicieron rápidos progresos en el campo del pronóstico meteorológico. En 1842, Carl Kreil, del Observatorio de Praga, sugirió que las observaciones meteorológicas debían ser enviadas por telégrafo como base para el pronóstico. En 1848, Joseph Henry, secretario del Instituto Smithsoniano de América, propuso organizar una red de estaciones de observación meteorológica a lo largo de los EE.UU.

Discurrió que las conexiones telegráficas entre los estados orientales y los occidentales (recientemente descubiertos) proporcionarían un medio sencillo de advertir a los observadores de los estados orientales de las tormentas provenientes del oeste. Por otra parte el Daily News, en Inglaterra, le encargó al aeronauta James Glaisher la organización de la recogida de las observaciones meteorológicas de una red de estaciones instaladas en las Islas Británicas.

En 1849 más de 200 observadores estaban haciendo informes meteorológicos diarios para el Instituto Smithsoniano. Se exhibían las observaciones en un gran mapa, se tabulaban los informes diarios y se publicaban en el Washington Evening Post. Entre 1861 y 1865 estas actividades se abandonaron temporariamente debido a la guerra civil. Por el contrario, en Europa, un desastre ocurrido en época de guerra, impulsó el desarrollo de los pronósticos meteorológicos: las pérdidas sufridas por la flota anglo-francesa a causa de la fuerte tormenta del 14 de noviembre de 1854 en Balaclava, durante la guerra de Crimea, estimuló el interés oficial por el estudio sinóptico de los sistemas meteorológicos.

Después de este desastre, Urbain Le Verrier, director del Observatorio de París recogió datos de cómo esta tormenta había viajado hacia el este a través de Europa. Esto propició en Francia el establecimiento del primer servicio nacional de advertencia de tormentas, basado en la recogida de informes meteorológicos telegráficos. La respuesta británica fue nombrar a Fitzroy, Director del Departamento Meteorológico del Ministerio de Comercio. El Departamento empezó preparando una serie de mapas meteorológicos diarios basados en las observaciones simultáneas realizadas en diferentes estaciones terrestres y marítimas emplazadas en un área de 40ºN a 70º N y 10º E a 30º W.

Los EE.UU. cooperaron con este plan, disponiendo que las observaciones se reunieran y se enviaran a Fitzroy. Este comenzó a publicar (abril de 1861) un pronóstico a tres días. Pero, lamentablemente, los otros asesores de Comercio pensaron que Fitzroy se había excedido de sus instrucciones emitiendo pronósticos en lugar de advertir de las tormentas ya registradas por otras estaciones. Como consecuencia, después de su trágico suicidio en 1865, los pronósticos se interrumpieron durante algún tiempo. Por miedo a las críticas que se habían hecho a Fitzroy, la nueva Oficina de Meteorología, trasladada a la Royal Society en 1867, intentó continuar el servicio de pronóstico sirviéndose tan sólo de reglas empíricas.

Al convencerse de la futilidad del intento reemprendieron los mapas sinópticos y el "informe meteorológico diario".En febrero de 1874 se reanudó el sistema original de Fitzroy de transmitir los avisos de tormenta por telégrafo a las estaciones costeras donde se izaban las "señales de precaución".

En el Observatorio de París, Le Verrier, inventor del telégrafo meteorológico internacional, empezó a publicar pronósticos regulares en 1863, en el Boletín Internacional del Observatorio de París. Le Verrier (a diferencia de Fitzroy quien había indicado la presión mediante líneas verticales trazadas desde los paralelos de latitud) empleó isobaras. Estos campos de presión se han seguido utilizando desde entonces.

Durante la última parte de la primera guerra mundial, Bjerkness fundó el Instituto Geofísico de Bergen, en Noruega, con el principal objetivo de mejorar el servicio de pronósticos meteorológicos de la nación. Estableció una densa red de estaciones especialmente en el sur de Noruega, utilizando "meteorología indirecta" (método basado en informes detallados de las nubles, para compensar la falta de sondeos y medidas del aire de las capas superiores).
El análisis de los mapas meteorológicos sinópticos iniciado en Bergen a partir de 1918 reveló la estructura fina del tiempo, ignorada por completo por los meteorólogos del siglo XIX. Bjerknes y sus colegas idearon modelos sinópticos de los frentes con los cuales fue posible integrar las observaciones realizadas en áreas amplias dentro de los modelos meteorológicos completos. La identificación de un ciclo vital definido en el desarrollo de los sistemas frontales de baja presión, desde su juventud, pasando por la madurez hasta llegar a su vejez, proporcionó un medio para predecir la actividad ciclónica, lo que permite extrapolar su movimiento futuro.

El meteorólogo sueco Tor Bergeron, también miembro de la Escuela de Bergen, hizo otra contribución de peso al análisis y pronóstico meteorológico, al identificar y clasificar las masas de aire según sus propiedades térmicas y condiciones de humedad.

Con la introducción de los sondeos realizados por medio de globos en los años 20 ya era posible comparar las observaciones actuales con las especulaciones acerca del comportamiento del aire superior. Al final de la década de 1930 fue por primera vez posible la utilización de radiosondas transportadas por globos capaces de transmitir las medidas de presión, temperatura y humedad a una estación receptora en el suelo. Esto inició el establecimiento de redes de estaciones en las capas superiores del aire por todo el hemisferio durante y poco después de la segunda guerra mundial, permitiendo por primera vez la confección de mapas de los niveles superiores de todo el hemisferio norte.

Hasta 1950 los pronósticos se hacían casi enteramente mediante métodos sinópticos; se analizaba la situación meteorológica, se evaluaban los datos recibidos de los radiosondeos y posteriormente se extrapolaba la información sobre los sistemas meteorológicos para producir mapas similares para el futuro, 24 horas después. Desde el punto de vista teórico, en los años 50 se había alcanzado con toda seguridad el nivel de capacidad límite en términos humanos. Se convirtió en una tarea cada vez más difícil reunir, asimilar e interpretar la inmensa cantidad de datos con tiempo suficiente para avanzar al mismo paso que el tiempo.

Influenciado por el trabajo de Bjerkness y sus colaboradores, el matemático británico LF Richardson empezó en 1911 a formular un nuevo planteamiento del problema de la predicción del tiempo por métodos numéricos. Richardson tenía un sueño "Una fábrica de pronósticos", consistente en 64.000 computadoras humanas equipadas con mesas calculadoras, para mantenerse por delante del tiempo. Pero no era una proposición válida para la tecnología disponible en aquella época (1922).

Después de la segunda guerra mundial, con el desarrollo de las computadoras electrónicas de alta velocidad, los servicios meteorológicos dispusieron de una nueva tecnología con la que hacer aún más objetiva la medición del tiempo. A pesar de los avances tecnológicos la predicciones obtenidas por métodos numéricos a partir de los datos procesados automáticos siguen dependiendo, en última instancia, de los pronosticadores humanos.

El lanzamiento del Sputnik I en 1957 desde la URSS convirtió la idea de obtener una visión global del tiempo desde el espacio en una posibilidad práctica. En 1960, USA, lanzaba el primer satélite meteorológico completamente equipado.


LAS ESTACIONES

¿Cómo se originan las estaciones?

No en todos los lugares de la Tierra su superficie recibe la misma cantidad de calor. Como la Tierra es curva y su eje está inclinado (forma un ángulo de 23,5º con el plano de la órbita), los rayos llegan perpendicularmente a algunas áreas y oblicuamente a otras.

Mientras la Tierra gira en su órbita alrededor del sol, esa inclinación cambia gradualmente las áreas que reciben el calor del sol en forma más directa. ESTO ES LO QUE GENERA LAS ESTACIONES Y NO LA MAYOR O MENOR DISTANCIA DE LA TIERRA AL SOL durante el movimiento de traslación.

La cantidad de calor absorbida por una determinada superficie depende del ángulo que forma con la dirección de la propagación de los rayos, pues si una misma radiación se ha de repartir sobre diferentes áreas, recibirá más por centímetro cuadrado la que sea menor.

El ángulo de incidencia de los rayos solares es función de la estación del año, de la latitud y de la hora.

Cerca del Ecuador, las estaciones no se diferencian mucho ya que los rayos del sol golpean de lleno durante casi todo el año, por lo que la temperatura permanece alta.

En los Polos la radiación recibida varía desde cero en el solsticio de invierno hasta un valor netamente superior al del Ecuador en el solsticio de verano debido a que no hay noche.



Debido a la inclinación del eje terrestre respecto del plano de la órbita de la Tierra, es diferente la cantidad de radiación recibida por cm2 en lugares situados a la misma latitud, pero en distintos hemisferios

A partir de la distribución de temperaturas se ha dividido a cada hemisferio en tres zonas.
Zona tórrida: entre los trópicos de Cáncer y Capricornio
Zonas templadas: entre los trópicos y los 66º 33'
Zonas glaciales: desde los 66º 33' hasta los polos



LA ATMÓSFERA


La atmósfera, siempre en medio
Por Annia Doménech

La Tierra puede retener su atmósfera al ser lo bastante masiva para atraerla gravitatoriamente. No todos los cuerpos celestes poseen una, ya que el gas tiende a partir si la masa del cuerpo no es suficientemente grande para retenerlo. La Luna, por ejemplo, carece de ella. Esto es así porque la atracción entre dos cuerpos, como en el caso de un planeta y su atmósfera, es directamente proporcional a su masa e inversamente a la distancia entre ellos.

La nuestra es vieja, nada menos que 4.500 millones de años. Data de cuando se originó el planeta, entonces estaba constituida por dióxido de carbono, nitrógeno, vapor de agua, metano y amoníaco. Al pasar los millones de años, su composición ha ido modificándose, y ahora es de un 78% de nitrógeno (N2), un 21% de oxígeno (O2) y un 1% de otros gases, en los que domina el argón. Prácticamente todo el oxígeno es resultado de la fotosíntesis.
En la atmósfera actual, el agua (H2O) está presente entre un 0 y un 7%, el ozono (O3) entre un 0 y un 0,01%, y el dióxido de carbono (CO2) entre un 0,01 y un 0,1%. Pese a estas pequeñas cantidades, que varían en función de las reacciones químicas, estos compuestos realizan un "trabajo" importante.


La atmósfera se extiende hasta unos 600 km por encima del planeta, y se divide en cuatro capas concéntricas: troposfera, estratosfera, mesosfera y termosfera. Entre dos de ellas, siempre hay una pausa (zona de transición). La más conocida es la tropopausa, la primera yendo hacia arriba, tras la troposfera. Limita la parte de la atmósfera en la que ocurre la vida y donde se sitúan la mayoría de sus componentes atraídos gravitatoriamente por la cercanía del planeta: gases y vapor de agua. Este último regula la temperatura al absorber la radiación solar y el calor terrestre.

La troposfera, donde ocurre la meteorología, la que hace llover, es la capa más delgada: de 8 km (en los polos) a 14 km (en el ecuador). Al ir subiendo en ella, la temperatura desciende unos 6º C por km, hasta alcanzar los 52º C bajo cero (el espesor y temperatura de las capas atmosféricas varían según el lugar geográfico y el momento del año, de modo que los valores dados son orientativos).

El grosor de las capas aumenta conforme están más alejadas del planeta que las retiene. La estratosfera se extiende hasta unos 50 km, por lo que su espesor es de unos 30 km. Es famosa por albergar la capa de ozono (O3), a una altitud entre 20 y 30 km, que absorbe la radiación ultravioleta (a una longitud de onda entre 290 nm y 320 nm). Ésta es nociva para los seres vivos, pues afecta a los ácidos nucleicos de sus células. Sin la capa de ozono, parece imposible que la vida hubiera podido tener lugar. La retención del ultravioleta provoca un aumento de la temperatura en la estratosfera superior, que llega a estar a "sólo" 3º C bajo cero. Algunos aviones suben hasta esta capa por un tiempo breve, pero la mayoría permanece en la troposfera.
Prácticamente lo que se llama comúnmente aire, que es la mezcla de gases, se sitúa en la troposfera y la estratosfera. En la mesosfera, ya casi no queda. Esta capa llega hasta los 85 km, y desciende a 83º C bajo cero a causa de la altitud y la ausencia de ozono y vapor agua que retengan calor. En ella, los gases son cada vez más ligeros. Los más pesados van quedándose debajo, pues cuanto mayor es su masa molecular, con más fuerza actúa sobre ellos la gravedad reteniéndolos más cerca de la Tierra. En la mesosfera, los objetos procedentes del espacio empiezan a calentarse a su llegada al Planeta Azul. Por ejemplo, es donde los meteoritos "se encienden" generando las estrellas fugaces.

La termosfera se expande hasta los 600 km. La temperatura puede superar los 1.000º C, por lo cual las reacciones químicas ocurren a una velocidad superior que en la superficie terrestre. La ionosfera es la parte de la termosfera ionizada por la radiación solar, y es responsable del fenómeno de las auroras, visibles en torno a los polos terrestres. Causadas por el viento solar, son más o menos intensas dependiendo de la actividad del Sol. Gracias a que la ionosfera refleja las ondas de radio de onda larga, podemos utilizar este modo de comunicación.

La termosfera da paso a la exosfera.
En ella, el hidrógeno y el helio son los principales componentes, encontrándose a densidades mínimas. A partir de ahí, está el vacío espacial, del cual la atmósfera nos separa. Las capas atmosféricas se distinguen principalmente por sus particulares características en composición química, densidad y temperatura.

Antaño, se deducía la naturaleza de la atmósfera a partir de sus efectos, por ejemplo en el clima u observando el cielo, pues los rayos solares al colisionar con ciertas moléculas son reemitidos en una longitud de onda distinta, dando lugar en ocasiones a coloridos espectaculares. En cierto modo, se podría afirmar que se estudiaba "desde dentro" de la envoltura atmosférica. En el presente se hace "desde fuera", situando instrumentos en el espacio exterior.

A esta capa gaseosa que envuelve la Tierra, se le tienen que agradecer muchas cosas: la absorción de energía solar, incluyendo la ultravioleta, dañina para la vida; su papel en el ciclo del agua y en el de otros elementos químicos; y su efecto moderador del clima terrestre mediante el efecto invernadero. Si no fuera por ella, la vida no sería o, como mínimo no del modo en que es. Sin embargo, hay un grupo de investigadores que no pueden evitar pensar que está siempre en medio molestando: los astrofísicos. La absorción, o modificación, de la radiación procedente de objetos celestes por la atmósfera dificulta enormemente su trabajo y, actualmente, la observación astronómica desde tierra pretende ignorar que se encuentra allí.
Pero ésta es otra historia.

Saturday, June 30, 2007

EL EFECTO INVERNADERO.

EL CALENTAMIENTO GLOBAL.

UNA VEINTENA DE PREMIOS NOBEL ALERTA DE LAS CONSECUENCIAS DEL CAMBIO CLIMÁTICO
Valencia, 19-06-2007


La amenaza del calentamiento global y sus consecuencias potencialmente desastrosas para el futuro de nuestro planeta constituyen uno de los mayores desafíos al que se enfrenta la Humanidad del siglo XXI.

Ante la gravedad de este problema, y por segundo año consecutivo, una veintena de Premios Nóbel presentaron en Valencia un manifiesto en el que expresaron su "preocupación por el cambio climático y el consumo energético" y su apoyo a "las recomendaciones de la reciente reunión del G-8" en las que los líderes de los países más ricos del mundo se comprometieron a reducir de forma sustancial las emisiones contaminantes que están provocando este fenómeno.

Este nutrido grupo de sabios se encontraba reunido en el impresionante Convento de Santo Domingo de la capital levantina para deliberar sobre la concesión de los Premios Jaime I de Investigación Básica, los galardones científicos mejor dotados de nuestro país (100.000 euros), que se fallarán hoy en sus cinco categorías: Investigación Básica, Economía, Investigación Médica, Protección del Medio Ambiente, Nuevas Tecnologías, y Urbanismo, Paisaje y Sostenibilidad.

El profesor Santiago Grisolía, presidente de la fundación impulsora de estos premios, explicó en la presentación de este manifiesto sobre el cambio climático que el año pasado, los integrantes del jurado ya manifestaron su preocupación ante esta amenaza ambiental y la enviaron a los gobiernos del G-8, la UNESCO y otros organismos internacionales. "Sin embargo, como vemos que las cosas no han mejorado mucho y las actitudes han cambiado poco, hemos decidido volver a hacer una nueva declaración pública en el mismo sentido", afirmó el bioquímico discípulo de Severo Ochoa, galardonado en 1990 con el Príncipe de Asturias de Ciencia.

El manifiesto de este año sobre el peligro del calentamiento global considera que "el desequilibrio creciente entre recursos limitados y el crecimiento continuado del consumo energético obliga a realizar mayores esfuerzos hacia la conservación de la energía y el control del crecimiento de la población".

Pero los Nóbel consideran que la "coordinación global" de las acciones contra el cambio climático no pueden quedarse en manos de uno o varios Estados (en clara alusión a EE.UU. y los demás miembros del G-8), sino de la ONU, que debe supervisar y controlar la estrategia mundial de un problema que concierne a todo el planeta.En la rueda de prensa posterior a la presentación del informe, el científico mexicano Mario Molina -galardonado con el Nóbel de Química en 1995 por descubrir el deterioro de la capa de ozono provocado por la emisión de clorofluorocarbonos (CFCs) y otros agentes contaminantes- aseguró que "el cambio climático no es irreversible, pero ya es muy grave".

Incluso aunque se dejaran de emitir por completo los gases contaminantes que están desencadenando este fenómeno, Molina considera que "seguiríamos padeciendo el cambio climático durante mucho tiempo, porque el clima necesitará siglos para recuperarse".No obstante, el científico está convencido de que si la comunidad internacional se toma en serio el problema y adopta una estrategia eficaz para transformar el modelo energético, "podremos evitar cambios abruptos realmente dramáticos".

El objetivo, en su opinión, es evitar a toda costa que la temperatura suba más de dos grados. Molina reconoció que la resistencia del Gobierno de Estados Unidos, el país más contaminante, a tomarse en serio esta amenaza, sigue siendo un grave obstáculo, pero celebró el hecho de que "al menos, Bush ya ha reconocido que el problema existe" y que "el Estado de California y muchas ciudades estadounidenses ya estén adoptando medidas contra el calentamiento global por su cuenta".

En cuanto a las mejores estrategias para afrontar el problema, el Nobel mexicano prefirió apostar por una visión multidimensional, antes de pronunciarse a favor de una sola vía: "No existe una única solución. Lo que es evidente es que a lo largo de los próximos 30 ó 40 años, tenemos que lograr una mayor eficiencia y desarrollar las tecnologías necesarias para obtener energía de fuentes alternativas".

Entre ellas, Molina mencionó específicamente las energías renovables, como la solar y la eólica de las que "España es líder", dijo.El descubridor del agujero en el ozono tampoco descartó la opción nuclear, aunque matizó que "sólo si se soluciona todos sus actuales problemas de seguridad y de residuos", y también dio su visto bueno a la posibilidad de continuar usando combustibles fósiles si se desarrollan tecnologías eficaces para la captura y el almacenamiento de CO2.

En definitiva, Molina expresó su convencimiento de que la solución a la amenaza del cambio climático sólo será posible mediante "una inversión agresiva en nuevas tecnologías". Así, como era lógico en una reunión de premios Nóbel, el mensaje de los grandes cerebros congregados fue una reafirmación del potencial de la ciencia para resolver los grandes desafíos del ser humano. FUENTE: El Mundo

EL CAMBIO CLIMATICO YA LLEGO A CHILE Y A LA ARGENTINA.

IMPACTO DEL CAMBIO CLIMATICO EN LA PATAGONIA

REVISTA CIENCIA HOY en línea.

EL IMPACTO DEL CAMBIO CLIMATICO EN LOS GLACIARES PATAGONICOS Y FUEGUINOS.


El cambio climático global (CCG) se manifiesta mediante el aumento de la temperatura media anual o estacional, aumento o disminución regional de las precipitaciones y aumento en la frecuencia de eventos meteorológicos extremos.

Los impactos, tanto benéficos como perjudiciales, del CCG en Patagonia, Tierra del Fuego y la Península Antártica se han manifestado con mayor intensidad a partir de 1978, y en particular, en la última década del siglo XX. Las regiones mencionadas se caracterizan por su alta vulnerabilidad, derivada de su posición latitudinal en el hemisferio sur, sus climas extremos y de alta variabilidad intrínseca, y su ubicación geográfica con respecto a los océanos meridionales y la Corriente Circumpolar Antártica. Esta alta variabilidad climática se ha manifestado asimismo a lo largo de todo el Pleistoceno tardío, en particular desde el Tardiglacial (15.000-10.000 años 14C A.P.), y a lo largo del Holoceno, hasta nuestros días. 14C A.P es la edad del carbono 14 antes del presente.

Entre los impactos benéficos del CCG puede argumentarse el desplazamiento hacia climas más benignos en toda esta región y la ampliación de la frontera agrícola desde las pampas hacia el suroeste. Los impactos negativos del CCG son mucho más claros y frecuentes, tales como la pérdida de biodiversidad y de masa forestal en el ecotono, bosque-estepa, la mayor frecuencia de eventos hidrológicos extremos tales como inundaciones y sequías, la desaparición del permafrost sobre la línea del bosque, la desecación de turberas y humedales, el ascenso del nivel del mar e incremento de eventos erosivos costeros, el ascenso de la línea de nieve climática y el retroceso de los glaciares y desaparición de los neveros, entre muchos otros.

En este último caso en particular, el aumento de la temperatura media anual, y en especial, la temperatura media del verano, ha provocado una recesión generalizada de los glaciares patagónicos y fueguinos.

Los glaciares patagónicos y fueguinos

La línea regional de nieves permanentes se define como la línea que une los puntos topográficos de menor altura sobre el paisaje de montaña, que al final de la época de fusión, que usualmente es el comienzo del otoño, muestran nieve acumulada durante el último invierno. La línea de equilibrio es la posición de dicha línea sobre la superficie de un determinado glaciar.

En el caso de Patagonia y Tierra del Fuego, el aumento de la temperatura media anual, y particularmente de las temperaturas de verano, ha tenido un efecto sensible sobre la posición de la línea de nieve regional, y por ende, de la línea de equilibrio, forzando su elevación en más de 200 m para los últimos 20 años. Esto ha provocado un retroceso general de la mayoría de los glaciares patagónicos y fueguinos, en su mayoría debido a la pérdida significativa de área de acumulación, la elevación de las temperaturas medias anuales y estaciónales en el frente de los glaciares y el incremento de la formación de témpanos en lagos y en el mar.

Esta recesión generalizada de los glaciares patagónicos ha sido observada desde hace más de 20 años. Autores como Aniya y Enomoto observaron, entre 1944 y 1984, una recesión máxima de aproximadamente 2,5 km en dos de los glaciares formadores de témpanos, con pérdidas de espesor del hielo de 40 a 120 m durante los últimos 40 años. En un trabajo más reciente, Aniya estimó la contribución de los glaciares patagónicos al aumento del nivel del mar debido al incremento de la fusión. La elevación total del nivel del mar debido a la fusión de los glaciares patagónicos solamente, habría alcanzado a 1,93 ± 0,75 mm para los últimos 50 años, o sea el 3,6% del total del cambio de nivel del mar que se ha registrado. Asimismo, el análisis de los datos climáticos de las estaciones meteorológicas ubicadas alrededor del manto de hielo patagónico ha revelado un leve incremento de la temperatura del aire y un decrecimiento en la precipitación a lo largo de los últimos 40 a 50 años.

El famoso Glaciar Perito Moreno del Parque Nacional Glaciares, de la provincia de Santa Cruz, en la Patagonia meridional (y probablemente también su vecina contraparte chilena, el Glaciar Pío XI), es un caso muy particular, pues continúa avanzando activamente año tras año, bloqueando el Brazo Rico del Lago Argentino, generando un muro de hielo que luego colapsa cuando la presión de agua acumulada en el sector sur del muro excede la resistencia del hielo glaciario. Cuando el muro finalmente cede, lo cual no sucede todos los años, se produce un evento impactante, el cual es muy apreciado por los turistas y naturalistas de todo el mundo que acuden al lugar en gran número para presenciarlo.

Este comportamiento anómalo se debe, probablemente, no a factores climáticos, sino a circunstancias internas, de índole glaciológica, o bien a eventos sísmicos de pequeña magnitud y de tipo recurrente, o ambas causas, cuyos efectos son suficientemente grandes como para producir el deslizamiento parcial de la masa de hielo. Rivera y Cassassa han estimado que el Glaciar Pío XI ha avanzado significativamente en décadas pasadas, probablemente debido a mecanismos de ‘surgimiento glacial’, variaciones de la línea de equilibrio regional (LEA), y variaciones en la relación con la morfología del glaciar.

Sin embargo, consideran que una elevación constante de la LEA conducirá indefectiblemente a una rápida declinación de este glaciar en el futuro. A su vez, en el Parque Nacional Torres del Paine, en Chile, han establecido que la pérdida total de área de los glaciares ha sido de 62,2 km2,o sea más de 6200 hectáreas, que corresponde al 8% del área cubierta por el hielo en 1945, con un adelgazamiento máximo del hielo de hasta 7,6 m por año, durante el período estudiado.
El Glaciar Upsala, el más grande de la Argentina continental y uno de los mayores de América del Sur y del hemisferio sur, fuera de Antártida, está sufriendo una clara y dramática recesión tanto en su frente como en su espesor.


La recesión de su frente ha alcanzado a 8 km, solamente en las últimas décadas (figuras 1, 2 y 3). La porción flotante de su lengua ha colapsado parcialmente luego de que la fotografía de la figura 1 fuera tomada, permitiendo entonces una mayor penetración de los barcos que navegan este brazo con forma de fiordo del Lago Argentino. Entre abril de 1999 y octubre de 2001, el frente del glaciar ha estado fluctuando estacionalmente alrededor de unos 400 m, en contraste con la dramática recesión de años anteriores. Durante ese período, el sector occidental del frente del Glaciar Upsala tuvo aún un neto avance de alrededor de 300 m. Además, sobre la base de imágenes satelitales, Skvarca y colaboradores han determinado la velocidad de formación de témpanos confirmando el aumento de la relación tasa de formación de témpanos / profundidad del agua.

Un destino similar está afectando a la mayoría de los pequeños glaciares de montaña y las lenguas de descarga que emergen de los mantos de hielo supérstites de Patagonia y Tierra del Fuego, tales como el Manto de Hielo Patagónico Norte en Chile, el Manto de Hielo Patagónico Sur de Argentina y Chile, el Manto de Hielo de la Cordillera Darwin y otros casquetes de hielo menores en el Archipiélago Magallánico en Chile.

En el sector argentino de la Isla Grande de Tierra del Fuego, los glaciares de tipo alpino de los Andes Fueguinos están en un abrupto y violento retroceso como se observa en las fotografías correspondientes al Glaciar Martial y el Glaciar Monte Alvear Este (figuras 4 a 10). Muy probablemente, entre los años 2020-2030, la mayoría de estos cuerpos de hielo se habrá desvanecido, generando una pérdida invalorable desde el punto de vista del medio ambiente, el aporte de dicha fusión a la hidrología, los recursos hídricos acumulados en las cumbres, los humedales alpinos, y los recursos escénicos y turísticos, así como en términos de patrimonio natural y cultural.

En Patagonia septentrional, las consecuencias han sido similares. El Glaciar del Río Manso, conocido popularmente como el ‘Ventisquero Negro’, en el Cerro Tronador del Parque Nacional Nahuel Huapi, ubicado en la latitud de 41° S, ha sido objeto de mapeo detallado y estudios glaciológicos y dendrocronológicos. Este glaciar es una lengua de hielo regenerada, formada por debajo de una muy elevada cascada de hielo, en la cual bloques de hielo se desprenden de los glaciares de un casquete de hielo local que ha crecido sobre el antiguo volcán. El estruendo que provocan estas avalanchas de hielo ha dado el nombre a la montaña.


Esta lengua inferior está cubierta por detritos rocosos y ha sufrido un colapso dramático durante los últimos 30 años, como puede verse en las figuras 11 a 14. En un valle cercano, el cono inferior del Glaciar Castaño Overo fue el tema de una tesis de graduación en Geografía en 1983; sin embargo, debido a la intensa fusión de verano no constituye ya un verdadero cuerpo de hielo permanente. Así, en solo 20 años, un objeto de intensos estudios científicos, geográficos y glaciológicos ha desaparecido por completo (figuras 15 y 16).

El Glaciar Casa Pangue, en el sector chileno del Cerro Tronador (figura 17) es el glaciar más grande de Patagonia septentrional. Presenta una lengua de hielo regenerada inferior, similar a la del Glaciar del Río Manso, que se forma también por debajo de inmensas cascadas de hielo en la ladera occidental del Cerro Tronador, un volcán apagado del Plioceno. Esta porción inferior del glaciar está totalmente cubierta por detritos. La cubierta de detritos tenía de 1 a 2 m de espesor, y era continua y estable, cuando fue descripta por primera vez en 1979.


Esta cubierta detrítica era tan estable y firme que permitía entonces la formación de morenas en tránsito sobre el glaciar y el desarrollo de suelos en ellas. Sobre estos suelos crecía una réplica, madura, bien desarrollada, casi exacta, del ecosistema boscoso regional que corresponde a la Selva Pluviosa Valdiviana, presente quizás desde las épocas del Evento de Maunder - Spörer, también llamado ‘Pequeña Edad de Hielo’, entre los siglos XVI y XIX. Esta comunidad boscosa afincada sobre el glaciar se movía pendiente abajo acompañando el movimiento del glaciar a lo largo de décadas y a velocidades muy pequeñas, y desapareció en algún momento de la década de 1990 a medida que la fusión del hielo del subsuelo hacía al suelo inestable.

A consecuencia de ello, los árboles perdían soporte, colapsaban, caían y morían. Este deslumbrante ecosistema, probablemente único en su tipo en el mundo, se desvaneció para siempre como resultado de las fuertes tendencias al calentamiento regional. Este fue quizás una de las primeras víctimas del cambio climático global en esta región y representa la extinción de una singular e irremplazable comunidad natural.

Fotos 1 a 5: Cambio Climático

Figura 1. Glaciar Upsala, frente del hielo formador de témpanos en el Brazo Norte, Lago Argentino, Parque Nacional Glaciares, provincia de Santa Cruz, Argentina, 1981 (Foto: J Rabassa).
Figura 3. El mismo tributario, ahora visto desde el norte en 2004. El frente del hielo del Glaciar Upsala en contacto con el Lago Argentino ha retrocedido más de 8 km en este período, permitiendo que los barcos que navegan dicho lago lleguen hoy a posiciones en este brazo de tipo fiordo que no podían ser alcanzadas en 1981 (Foto: J Rabassa).

Figura 2. Un glaciar de montaña, tributario del Glaciar Upsala desde la ladera oeste del valle, visto desde varios kilómetros al sur, 1981. Nótese la superficie superior del frente del Glaciar Upsala en el primer plano de la fotografía, ilustrando claramente la posición del frente del hielo en ese entonces, próxima al barco desde el cual se obtuvo la fotografía (Foto: J Rabassa).

Figura 5. La curva de hielo que aparece en la figura 4, en febrero de 2004. Nótese la pequeña área iluminada en el sector más alejado de la cueva de hielo (Foto: J Rabassa).

Figura 4. El Glaciar Monte Alvear Este, Andes Fueguinos, lat. 54° S. Esta es la porción meridional del borde del glaciar, tal como se veía en febrero de 2004. Nótese las relativamente pequeñas dimensiones de la cueva de hielo que aparece en el sector izquierdo del frente del hielo y las dimensiones del afloramiento rocoso inmediatamente a la derecha de él (Foto: J Rabassa).
La Península Antártica.

Los impactos que se han generado por el CCG en la Península Antártica merecen un comentario especial. Como consecuencia de las mayores temperaturas, las barreras de hielo en el Mar de Weddell han colapsado parcialmente, generando gigantescos témpanos o ‘islas de hielo’ de decenas de km de longitud, y probablemente no puedan regenerarse en un futuro previsible.


También ha ascendido fuertemente la línea de nieve climática regional, particularmente en la costa occidental de la Península Antártica, entre 100 y 200 m en tan solo los últimos 15-20 años. Ello ha generado un sensible aumento de las áreas rocosas descubiertas cerca del nivel del mar en el verano austral, provocando un importante aumento de las áreas de posible colonización por pingüinos y otras aves marinas, lo cual redundará en fuertes incrementos en las respectivas poblaciones, posibles migraciones y otras consecuencias ecológicas de difícil predicción.

Pero también provocará la paulatina desaparición de muchos pequeños glaciares en las cercanías del nivel del mar, asfixiados por la reducción de sus cuencas de acumulación, el aumento de procesos de deslizamiento y colapso glacial, el incremento de los aportes hídricos al mar, modificando su salinidad, y la fusión parcial del permafrost. Finalmente, el desplazamiento hacia el norte de la Corriente Circumpolar Antártica como consecuencia del CCG podría provocar impactos oceanográficos, climáticos y ecológicos imprevisibles en el extremo sur de América del Sur.

Desde hace mucho tiempo se conoce que los impactos del cambio climático global serán mayores en las regiones de altas latitudes; Patagonia, Tierra del Fuego y la Península Antártica son excelentes ejemplos de esto, triste y mudo testimonio de los daños ambientales producidos por la insensatez humana.

La pérdida de los glaciares patagónicos, los cuales probablemente han existido por los últimos 100.000 años en forma continua y que han sido seriamente afectados por la actividad humana en tan solo los últimos 200 años, desde el Evento de Maunder-Spörer o ‘Pequeña Edad de Hielo’, provocará daños incalculables a la actividad turística, hoy en parte dependiente de su existencia y preservación.

En otras regiones de la Argentina, tal como Cuyo y de otras partes del mundo como Chile central; Sierra Nevada de Santa Marta, en Colombia; el Tibet; África oriental, etc., los glaciares y neveros participan además intensamente con su aporte de deshielo en procesos de irrigación agrícola o proveen agua potable para áreas habitadas. Por otra parte, los glaciares del Parque Nacional Glaciares han sido considerados Patrimonio de la Humanidad por UNESCO, la misma humanidad que los ha condenado en tan breve plazo.

Agradecimientos
Los estudios realizados en la Cordillera Patagónica fueron financiados en distintas oportunidades por CONICET, SECYT, Fundación Bariloche, Universidad Nacional del Comahue, UNESCO, National Geographic Society (EEUU), University of Wisconsin-Madison (EEUU), entre otras instituciones. Los materiales y datos del Monte Alvear, Tierra del Fuego, presentados aquí, han sido obtenidos en el transcurso de trabajos aún en desarrollo en colaboración con la Dra. Andrea MJ Coronato (CADIC-CONICET, Ushuaia) y el Dr. Augusto Pérez Alberti y colegas de la Universidad de Santiago de Compostela, España, quienes además han colaborado parcialmente en su financiamiento.


Jorge RabassaDoctor en Ciencias Naturales (Geología). Profesor Titular Regular, Universidad Nacional de la Patagonia - San Juan Bosco, sede Ushuaia.Investigador Principal, CONICET, CADIC.Centro Austral de Investigaciones Científicas (CADIC).

Fotos 6 a 11: Cambio Climático

Figura 7. La misma cueva de hielo que aparece en la figura 5, en febrero de 2005. Nótese el área iluminada de mayor tamaño en el extremo más alejado de la cueva (Foto: J Rabassa).


Figura 6. El Glaciar Monte Alvear Este. La porción meridional del borde del hielo tal como se veía en febrero de 2005. Nótese el tamaño agrandado de la cueva de hielo, la emergencia en este año de un gran bloque rocoso en la pared de hielo directamente a la derecha de la cueva, el cual no se observaba en la fotografía de 2004, revelando una notable recesión del frente del hielo de varios metros en tan solo un año. Nótese también la exposición de remanentes de hielo oscuro por debajo del hielo blanco, más reciente, a la izquierda de la cueva de hielo, no visibles el año anterior. Este hielo oscuro, rico en detritos, es un antiguo remanente de hielo, de edad desconocida, quizás anterior a la ‘Pequeña Edad de Hielo’ (siglos XVI a XIX) y aun quizás, de una edad de varios miles de años o aun del Último Máximo Glacial (25.000 años atrás). La edad real de estos remanentes de hielo debe ser aún investigada. Lamentablemente, es posible que este hielo antiguo desaparezca rápidamente por fusión antes de que pueda ser muestreado adecuadamente. El afloramiento rocoso a la derecha de la cueva ha incrementado también su tamaño expuesto, a medida que el frente de hielo retrocedía (Foto: J Rabassa).

Figura 9. La cueva de hielo que se ha mostrado en las figuras 5 y 7, en febrero de 2006. Nótese la extensión mucho mayor de la cueva de hielo. El túnel de hielo es ahora mucho más corto que en años anteriores. Este sitio es de gran interés turístico pues frecuentes excursiones de trekking son ofrecidas comercialmente para visitar las ‘Cuevas de Hielo del Alvear’. Es muy probable que en 2007 o 2008 ya no haya más cuevas de hielo para ser visitadas por los turistas, debido al colapso del techo de las cuevas (Foto: J Rabassa).


Figura 8. El Glaciar Monte Alvear Este. La porción meridional del margen del hielo, tal como se veía en febrero de 2006. Nótese el tamaño mucho mayor de la cueva de hielo en el sector izquierdo del frente del hielo, con un apreciable adelgazamiento del hielo en el techo de la cueva. El gran bloque de roca que había aparecido en 2005 ha caído del frente del hielo y yace ahora en el suelo frente a él (véase figura 6), indicando que el retroceso del frente del hielo desde la posición que tenía en 2005 es al menos de varios metros más. El remanente de hielo oscuro por debajo del hielo blanco, a la izquierda de la cueva de hielo, está más expuesto aún que en el año anterior. El afloramiento rocoso a la derecha de la cueva ha incrementado asimismo las dimensiones de su exposición (Foto: J Rabassa).

Figura 11. Fluctuaciones recientes del Glaciar del Río Manso, Cerro Tronador, Parque Nacional Nahuel Huapi, lat. 41° S, Patagonia septentrional, Argentina, en 1972. Este glaciar es una lengua glaciaria de valle, regenerada y cubierta por detritos (Foto: J Rabassa).

Figura 10. El Glaciar Martial, Andes Fueguinos, Ushuaia, lat. 55° S, como se veía desde el CADIC en 1987 (Foto: J Rabassa).

Cambio climático

Científicos de EEUU advierten de amenaza del cambio climático para la civilización.
Junio de 2007 - EFE


Seis expertos que trabajan en algunas de las más prestigiosas instituciones científicas de EEUU advierten en una publicación británica de que la civilización, tal y como la conocemos, está amenazada por el cambio climático.


Los seis científicos critican implícitamente al Grupo Intergubernamental sobre el Cambio Climático, de la ONU, por subestimar la magnitud de la elevación del nivel de los océanos en este siglo como consecuencia de la fusión de los glaciares y de las placas de hielo polar.En lugar de una elevación de 40 centímetros del nivel del mar, prevista por el Grupo Intergubernamental, los científicos norteamericanos, encabezados por James Hansen, director del Instituto Goddard de Estudios Espaciales de la Nasa, prevén que el nivel de los océanos suba varios metros de aquí al año 2100.

El alarmante informe del equipo de científicos, del que da cuenta hoy el diario británico "The Independent", se publica en las páginas de la revista "Philosophical Transactions of the Royal Society".Además de Goddard firman el trabajo Makiko Sato, Pushker Kharecha y Gary Russell, también del Instituto Goddard, David Lea, de la Universidad de California en Santa Bárbara, y Mark Siddall, del Lamont-Doherty Earth Observatory en la Columbia University (Nueva York).

En su estudio, de 29 páginas, titulado "El cambio climático y los gases traza", los seis investigadores renuncian en ocasiones al frío lenguaje de la ciencia para hacer hincapié en la magnitud de los problemas y desafíos que plantea el calentamiento del planeta.

Los expertos señalan que "la civilización se desarrollo y construyó amplias infraestructuras durante un período de estabilidad climática poco usual, el Holoceno, que ha durado ya casi 12.000 años y que está a punto de concluir".Según los científicos estadounidenses, la humanidad no puede permitirse seguir quemando las reservas subterráneas de combustibles fósiles que aún quedan, pues hacerlo significa que tendremos "un planeta distinto del que ha servido de soporte a la actual civilización".

Según James Hansen, la humanidad tiene sólo diez años para aplicar las medidas draconianas necesarias para recortar las emisiones de CO2 al ritmo preciso para evitar una elevación peligrosa de las temperaturas del planeta.Si no se hace así, el calentamiento resultante puede hacer que se fundan rápidamente las placas de hielos polares, proceso que se agravará además cuando la luz del sol, que actualmente es reflejada por la superficie blanca de los hielos, comience a ser absorbida por las oscuras aguas marinas.

Se trata del efecto albedo, es decir la reflexión de la radiación solar cuando incide sobre el planeta: las superficies claras, por ejemplo, el hielo y la nieve se caracterizan por un mayor albedo mientras que los bosques, las rocas o los océanos -superficies oscuras- tienen uno inferior.El último informe del Grupo Intergubernamental sobre el Cambio Climático atribuye un efecto mínimo a la fusión de los hielos de Groenlandia o la Antártida sobre la elevación del nivel de los océanos en este siglo.

Los expertos estadounidenses no están de acuerdo: en su opinión, los análisis de sus colegas no tienen suficientemente en cuenta la "física no lineal de la desintegración" de las placas, corrientes y plataformas de hielo".Su conclusión es que el nivel de peligro que representan los gases causados por la acción del hombre es mucho más bajo de lo que normalmente se piensa y si no se ha alcanzado ya, es seguro de que no pasarán muchos decenios antes de que se llegue a ese punto crítico.